Una fábula de Roberto Doberti

 Eran tiempos en los que en  esa región florecían artesanías, industrias y comercios que nos resultan extraños, insólitos o imposibles.

En ese ahí y en ese entonces, imprecisos en el aquí o el allá y en el ayer o el mañana, Pedro y Juana se dirigen muy decididos hacia el local, despacho o taller —vaya uno a saber, pero llamémosle tienda— de don Diego, prestigioso experto en líneas.

Apenas ingresaron los embargó cierta timidez, quizá producto del abigarrado y heterogéneo conjunto de elementos que se amontonaban en aparente desorden y multiplicada superposición. Sin embargo, disimulando su turbación se dirigieron a don Diego diciéndole concisa y directamente que venían a comprar una línea.

—Pues que no es tan simple la cosa —contestó don Diego— hay muchas clases de líneas y ni siquiera sé si dispongo de la que necesitáis.

—Una línea, una simple línea, la que a usted mejor le parezca; podemos pagarla, por eso no se preocupe.

Don Diego miró hacia varios lados, más para darse tiempo a pensar que para buscar lo solicitado y les advirtió.

—Miren que hay líneas en las que uno se enreda y aturrulla, hay otras que no tienen salida, otras que no llevan a ninguna parte; no quisiera ser responsable de desgracias futuras, les ruego que me especifiquen mejor lo que quieren.

Juana, hábil para salir de situaciones difíciles con ductilidad y rapidez, revirtió las posiciones diciendo:

—Mejor por qué no nos dice lo que tiene para ofrecernos y nosotros elegimos.

—Bueno, vamos a ver —dijo lentamente don Diego sin que fuera claro si sentía alguna molestia por el pedido.

Comenzó entonces a señalar que existen líneas políticas, líneas artísticas, líneas científicas, líneas de escritura “que se usan mucho en las cartas”, apuntó don Diego y en seguida  ejemplificó: “te escribo estas líneas para decirte que te amo… o que te aborrezco” según el caso, precisó con cierto deleite y siguió: “le envío estas líneas para ofrecerle nuestro servicio especial de secado instantáneo del cabello”, si lo tuviera, también precisó ya en el límite de lo obvio; existen líneas musicales, una melodía que se encadena y nos ata a su recuerdo. Les comentó en ese momento que no por nada “línea” proviene de linum, hilo de lino. Y siguió detallando “también hay líneas de fuego, donde no es saludable estar”. Agregó que había escuchado a algunos entusiastas o alucinados que hablaban de “tirar unas líneas” antes de aspirar profundamente pero que nunca pudo saber cómo se relacionaba esto con el sutil tiralíneas de los antiguos dibujantes.

Siguió así hablando y por supuesto les dijo de las líneas rectas y de las innumerables curvas, cerradas o abiertas, segmentales o ilimitadas, con inflexiones o con constancia de la concavidad, fluidamente continuas o con la irrupción de puntos cuspidales que duplican las tangencias.

Derivó más tarde a la explicación de las líneas de horizonte que solo pueden observarse frente al mar, los ríos anchurosos o las planicies inmensas; las líneas férreas con sus diferenciados destinos y también las líneas de la mano en las que el destino está prefigurado según lectores proclives a las creencias absolutas y al error frecuente.

En ese momento, aprovechando una larga pausa que premeditadamente había realizado don Diego, Pedro le susurró: — ¿Usted recomendaría la línea dura?

—El hecho mismo de que apenas te animes a susurrar la pregunta te condena si intentaras aplicarla.

—¿Considera entonces adecuada una línea blanda? —insistió Pedro con voz más audible.

—Esa línea te condenaría a la sumisión.

—¿Pero entonces sólo hay condenas, no existe acaso la salvación?

—Ciertamente existe —dijo don Diego— pero es necesario que se elimine esa pregunta.

Cuando don Diego iniciaba la descripción de las líneas filosóficas, Juana y Pedro comprendieron que la simple compra que imaginaron se desbarrancaba por tiempos y lugares inesperados y exigentes. Salieron del paso llevándose de apuro una espiral, una hipérbola con sus asíntotas incluidas, una línea política en desuso y papel rayado —lineado— para escribir algunas líneas.

Pocos días después volvieron, ahora anhelantes de información y consejo. Don Diego los recibió amablemente y les confió que los esperaba.

—En verdad solo es importante agregar algunas pocas cosas más —les dijo sonriente— tengan en cuenta que las líneas pueden originarse en algo menor a ellas mismas, en el punto que en su recorrido o multiplicación las genera, así como otras líneas las construye el sabio en la torre o el anacoreta en el desierto. Pero también las líneas pueden resultar de algo que las excede y ser entonces intersección de planos o superficies o bien decantación encarnada de los saberes y los desvaríos de los pueblos.

Y por último —recalcó don Diego— lo más importante: las únicas líneas que valen son las que elijan o construyan ustedes.

Antes de irse, Juana preguntó:

—Aquí al lado hay una tienda de Paradigmas, Doctrinas y Geodésicas ¿valdría la pena ir a ver?

—Tienen lo mismo que acá pero envueltos para regalo, la decisión es vuestra —concluyó don Diego mientras cerraba lentamente la puerta.

Tan fabulado es un comercio destinado a la venta de líneas como la amplitud de su oferta. Si bien se mira nada dejaría de pertenecer a sus infinitos depósitos con tal de asumir con suficiente amplitud la noción de línea. Tal vez —y simplemente para no ingresar en atractivas pero estériles paradojas— no se incluiría en esa colección la línea que enlaza el mundo entero y con ello a la propia tienda.

Los compradores son ingenuos pero no tontos. Tienen la astucia necesaria para hacer desplegar la oferta y salen del paso con elegancia y además saben volver.

Eso es lo que ellos creen, en realidad han quedado enredados en la estrategia del mercader, quien ha quedado enredado en la del escritor, quien ha quedado enredado pero sin saber si en la seducción de las palabras o de las líneas.

Todo afán clasificatorio es admisible si sabe de su esencial arbitrariedad. Puede entonces proponerse una primera organización de las líneas que distinga aquellas que son visibles —tales como las líneas circulares o rectas— de aquellas que no lo son —tales como las líneas artísticas o filosóficas—. Sin embargo, la elipse que recorre milenariamente nuestro planeta o los sinuosos recorridos del cinismo de las diplomacias son ya difíciles de catalogar.